domingo, 17 de noviembre de 2013

"Me pido ser la que manda"

Mi madre correspondía a la categoría mujer. A mis nueve años así estaba dividida la humanidad en mi cabeza: mujeres, chicas jóvenes, e inútiles.
Las mujeres eran sin duda indispensables. Hacían de comer, enseñaban a sus hijos a atarse los cordones, fabricaban hijos con su tripa e infinidad de otras cosas necesarias que no hace falta nombrar.
Las inútiles llevaban una vida propia de su nombre. Por la mañana, se iban al "trabajo", que es una palabra para hablar en realidad de una escuela para adultos. Es decir, un sitio inútil. Por la noche salían con sus "amigos", que era la misma palabra que usaba yo para hablar de mis "amigos", pero seguro que los suyos eran de mentira, porque nunca les había visto pelearse y hacer las paces.
Las chicas jóvenes, por último, me hacían gracia. Eran bien mujeres, bien inútiles que no se habían definido todavía pero que sonreían más a menudo y no habían perdido ese algo inexplicable de la infancia y su despreocupación.
Ese mundo para mí era intrigante pero lejano. Yo, obviamente, no iba a llegar a ser nada de eso, porque iba a seguir siendo una niña toda mi vida. A lo mejor crecía hasta los doce, trece como mucho, y eso que ya me sentía saturada con mis nueve. ¡Me habían pasado tantas cosas!
Me acuerdo de mi primera "vuelta al cole" que era todavía para mí una "ida". No había de qué preocuparse. Ya sabía leer desde los cinco, sabía escribir mi nombre desde los seis y atarme los zapatos desde la prehistoria, con lo cual, ya no tenía nada más que aprender.

Los adultos se reían muchas veces al oírme hablar. Y eso que no solía hablar mucho. No quería que me copiase nadie las ideas. Me daba cuenta poco a poco de las cosas. Los Reyes Magos, por ejemplo, dejaron de existir cuando pedí tener tetas como Mamá y todo lo que tuve fue una cocinita de plástico. Una cosa estaba clara: ser mayor era malo. Por eso era problema de los demás, y por lo tanto, yo dedicaba mi tiempo a pensar en otras cosas de mayor calibre, como el día en que mi cuenta de que en la humanidad no sólo había mujeres, inútiles y chicas jóvenes. También había hombres.