Hola, ¿estás
ahí? No, espera, no contestes, me toca a mí hablar. ¿Me has echado de menos? Porque
yo a ti sí. Já, con todo lo que yo soy, es muy difícil enfadarse contigo. Te
sigo guardando rencor, no te hagas ilusiones.
Bueno, ¿qué
te parece? ¿Estoy guapa? Me ha costado unas 3 horas delante del espejo y
comederos de cabeza, pero lo he conseguido, o eso me parece.
No me mires
así. Ha pasado tiempo pero ¿cómo quieres
que me olvide de tí si todos los días me despierto junto a la vieja camiseta
que me regalaste? Tú y tus malditas notitas adorables arrugadas por mi casa en
plan: "Me dices "Quiéreme". Qué
graciosa. Como si tuviera la opción de hacer lo contrario. Como si mi
cabeza/corazón/cualquier-otro-órgano-que-designe-amor fuera por voluntad propia
un desastre desde que te conozco."
Que cuando
todavía los dos nos comíamos los mocos nunca pensé que esto sería ser adulto.
Tener un contador que marque 220 y conducir máximo a 60.
Por mi
parte, no he cambiado, o al menos, no mucho. Sigo teniendo las cosquillas de
siempre detrás de la oreja, el invierno sigue siendo mi peor enemigo, me sigues
enamorando si me tocas la guitarra, y, dos años después, sigo llevando
demasiado mal lo de no estar contigo.
No te
pregunto quién eres tú ahora porque no me fiaría de tu respuesta. No sé si sigues siendo el de siempre, en el
que no te puedes fiar porque siempre va a hacer lo contrario de lo que te
esperas. Si quieres blanco, te dará negro. Si algo he aprendido este tiempo es
que tus palabras no valen una mierda.
Ya termino,
sólo déjame preguntarte qué haces aquí. ¿Una biblioteca? ¡Por favor! ¿Qué ha
sido del Abel que conocía? Un parque, una acera, un portal, la calle, un andén
de metro, me esperaba cualquier sitio antes de encontrarte aquí. Me rompes los
esquemas (qué raro, ¿no?)
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